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21 Jul 2019
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‘Lily’ la convencieron de hacerse prostituta

Mi papá murió antes de que yo terminara la preparatoria. Así fue como se desintegró la familia. Mi mamá y mi hermano se fueron a vivir con mis abuelitos y yo me fui con una hermana de mi mamá, porque mi papá así lo había decidido. A mi abuelito no le tenía confianza porque le faltaba al respeto a sus nietas.

Un día mi tía me contó unos chismes: un brujo le había dicho que yo había robado una cadena de oro y no sé qué otras cosas. Puras tonterías. Lo que creo es que ella quería que yo me fuera de su casa y se inventaba pretextos. Así que le comenté a una hermana de mi papá lo que me estaba pasando con la familia de mi mamá, y ella decidió recibirme en su casa. A esas alturas yo ya había empezado a estudiar en la universidad. Tenía 19 años e iba muy avanzada en la carrera de turismo en la Universidad Tecnológica del Centro de Veracruz, pero tenía que trabajar. Lo hacía en una zapatería y una tienda donde vendían ropa y accesorios.  Un sábado me dieron media hora para salir a comer. Fui al parque de la ciudad y a lo lejos vi a un chico. Parecía simpático, iba bien vestido y me miraba. Me observaba muchísimo, hasta que fue a tirar un envase vacío cerca de donde yo estaba; creo que lo hizo a propósito. «Hola, ¿cómo te llamas?», me dijo. 

Empezamos a platicar. Me dijo que se llamaba Alex, que era de Querétaro, que tenía 25 años y estaba esperando a un amigo con el que iba a buscar empleados para que trabajaran con él en Puebla. Luego me preguntó: «¿Y tú a qué te dedicas?». Yo le dije que estudiaba y trabajaba y que ya se me estaba haciendo tarde, así que tenía que regresar a mi trabajo, me estaban esperando.  Él me pidió mi número de teléfono. Como tonta, se lo di, y él me dio el suyo, aunque fui sincera y le dije que no tendría dinero para contestar sus mensajes. Luego él sacó un billete de 100 pesos, pero le dije que yo jamás recibiría un peso de él. Si quería hacerme una recarga en mi teléfono, que lo hiciera. Después me puso crédito y solía llamarme y enviarme mensajes.  En los mensajes me decía que yo le gustaba mucho.

Un día me harté de que me mandara tantos mensajes y le dije que si de verdad quería algo serio conmigo, que le pidiera permiso a mi familia. No tardó en decirme que sí; de modo que fue hasta mi casa a hablar con mi tía. Mi tía aceptó que fuéramos novios oficiales, porque lo veía mayor y parecía una persona responsable y amable.

Era alto, delgado, moreno y a veces los ojos se le veían aceitunados —creo que se ponía pupilentes—. Usaba un fleco, cabello lacio, vestía ropa entallada, por lo regular camisetas color fucsia o negras pero garigoleadas, y pantalones entallados, tipo acampanados, y zapatos picudos o tenis blancos. Tenía un automóvil Bora blanco que parecía del año. En ese carro llegó a ver a mi familia.

Recuerdo que me sentía muy presionada porque el día que fue hablar con mi tía me dijo: «Es que quiero que te cases conmigo. Me gustas mucho». ¡Y apenas acabábamos de conocernos! No sé qué me pasó en ese momento y le dije: «¿Sabes qué?, aquí lo dejamos, yo todavía tengo que estudiar»; entonces él se enojó y se fue rápido en el coche. Le conté a mi tía lo que estaba pasando y me dijo: “Lily, eres una tonta, se ve que ese muchacho te quiere, es mayor y responsable”. A mi tía le había dicho que él mantenía al hijo de su hermana y que de vez en cuando apoyaba a su familia, ya que tenía 7 departamentos en Puebla en renta y que iba por 15 y luego por 50 departamentos. Quería lucirse con mi familia y lo había logrado; entonces me arrepentí y le mandé un mensaje: «Te quiero ver, perdóname y todo el chorote». «Okey, ahorita ya voy en camino para Puebla, pero luego te voy a ver», me respondió. Y luego me iba a ver, salíamos a comer o a cenar. Siempre se mostró como una persona respetuosa. Me proponía que me quedara con él en un hotel y yo le decía que eso no era para mí y él me decía: «Okey, si no quieres, por mí no hay problema, yo te respeto».

Hasta que un día le mandé un mensaje para decirle que me tenía que mudar a otro pueblo de Veracruz a hacer mis prácticas profesionales. Él me respondió enojado: «Quédate con tus estudios y la escuela, a ver si te dan amor y felicidad como yo». Después me dijo que si íbamos a terminar, había que hacerlo bien. Nos citamos en Córdoba, Veracruz, en el parque. Yo estaba muy triste y él trataba de convencerme: «Vente conmigo, estarás bien, si quieres, te puedo apoyar para pagarte la universidad». No te puedes imaginar la labia y el don de persuasión que tenía.

Así que, después de tanto insistir me convenció y me llevó a Puebla. Esa misma tarde nos fuimos. Le advertí que al día siguiente regresaría y que él tenía que respetarme, pero no fue así. Al llegar a Puebla hizo conmigo lo que quiso y al otro día me dijo: «¿Qué?, ¿te vas a ir?» Y yo: «No, ya no, ¿para qué?». Así que tuve que quedarme con él. Los primeros días me trataba bien, salíamos de compras y paseábamos como una pareja normal.

Durante los primeros días que viví con él en Puebla, de repente me empezó a platicar que tenía un amigo cuyas esposas trabajaban como prostitutas y que ganaban muy bien, hasta 20 mil pesos semanales. Otro día me dijo: «Si trabajaras para mí, ganarías mucho dinero»; luego empezó a hablarme de una amiga suya que era muy pobre y que tenía un hijo, a la cual él había ayudado explicándole cómo estaba el mundo de la prostitución. 

Según él, su amiga se metió a trabajar y en un año había conseguido tener una casa grande de dos plantas en León, Guanajuato, así como una camioneta nuevecita de agencia. Me platicaba muchas de estas cosas que a mí no me importaban; también me decía que había tenido novias de Estados Unidos, de España, de Honduras, de Ecuador, de República Dominicana, y hasta de Kenia, África, así se llama ese lugar, ¿no? A mí me daba mucho coraje cuando me contaba eso.

Un día me soltó la pregunta directa: «¿Trabajarías para mí como prostituta?» Yo le respondí de inmediato que qué le pasaba, que si estaba loco. Después de eso, todos los días me preguntaba lo mismo. Luego empezó a insistir más cuando llegaba tomado. Me decía pendeja, loca, estúpida, que la mujer que no ayudaba a su marido valía mierda y que yo tenía que dar la vida por él, así como él la daba por mí.

Y ahora puedo ver que, como yo siempre me negaba, un día decidió cambiar de táctica y me invitó al cine. Yo estaba muy emocionada porque era la primera vez en mi vida que iba al cine. Fuimos a Cholula, Puebla. 

Recuerdo que él me dijo: «Te voy a llevar a ver una película para que por lo menos digas que tu primer esposo te llevó al cine». Vimos la película de El príncipe de Persia. De regreso paramos en un restaurante y él me dijo: «Flaca, estás muy bonita, pero ya no puedo continuar contigo».

Empezó a contarme que su primera opción para casarse había sido la reina de la feria de Loma Bonita, Oaxaca, que la segunda opción había sido una chica de Acapulco, y la tercera opción había sido yo, pero como no quería ayudarlo tendría que dejarme. Siguió hablando mucho hasta que acabó diciendo: «Te ofrezco tres opciones: la primera es que te doy 300 mil pesos y te vas y terminas la carrera, pero entre tú y yo ya no habrá nada de nada»; la segunda opción era que me enviaría mil pesos semanales, aparte de ropa y comida, con sus empleados, pero que entre yo y él ya no habría nada; «la tercera opción es que te quedes a trabajar como prostituta para mí».

Me lo había puesto difícil. «Aquí no te voy a decir nada, mejor nos vamos al departamento y allí hablamos», le dije. Y otra vez pasó lo mismo; él me intimidaba, me minusvaloraba, me decía: «Tu papá ya no vive, tu familia no te quiere y, además, si regresas, ¿adónde irás?, si ni casa tienes». Todo eso me dolía porque tenía razón. Si yo regresaba con mi familia, ya no me querrían, ni me verían con los mismos ojos. Bueno, por desgracia y después de insistirme mucho, acepté la última propuesta que me había hecho. Él andaba súper contento y hasta me llevó al pueblo a ver la tumba de mi papá antes de que yo empezara a trabajar para él. En el camino me advirtió que no le dijera a nadie que ahora iba a ser una prostituta. A esas alturas, él ya no era mi novio. Yo no tenía papá, pero tenía padrote.

Primero fui dentista y luego, ya mayor, estudié la carrera de derecho. Por esa época necesitaba hacer un proyecto para una fundación, porque estaba llevando una clase de desarrollo comunitario y te pedían colaborar en alguna. Alguien me habló de La Roca, una asociación civil que ayuda a niños y niñas. Cuando fui allí me dijeron que necesitaban un análisis legislativo y uno comparativo en el ámbito de la trata de personas, pero luego se dieron cuenta de que ya estaba hecho. Total, que empecé a involucrarme y acabé investigando el caso de una niña que estaba desaparecida ¡y encontramos a la niña! Así empezó todo.

En el caso de Lily, cuando ella se dio cuenta de que no era la única chica a la que estaba tomando el pelo el mismo sujeto, y que éste tenía el mismo modus operandi y varias novias y esposas, se desengañó y cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo.

Pero al principio Lily no se reconocía como una víctima de la trata de personas. Protegía a ese tipo. El día que decidió cantar, lo hizo como un pajarito. Recuerdo que estuvo en el albergue unos dos meses y no habló nada, ni una sola palabra. Cuando finalmente lo hizo, le poníamos una cinta en la boca.

Había conocido como esposa de un amigo del padrote a la chica que me enseñó cómo se tenía que trabajar en ese ambiente y a decirme cuánto tenía que cobrar. Los dos me habían llevado con un doctor para que me inyectara no sé cuántas cosas y, al final él me dijo: «Si te quedas embarazada, tendrás que abortar».

Luego el padrote nos llevó a las dos a la terminal para tomar un autobús a la Ciudad de México. Durante el viaje nos sentamos en la parte trasera y ella empezó a contarme todo el rollo. Cosas como cuánto tenía que cobrar por las posiciones. Llegando a la Ciudad de México, tomamos el metro rumbo a La Merced. Ella tenía una habitación allí en el hotel Necaxa. Recuerdo que era la número 206. Allí nos cambiamos, nos arreglamos y luego me llevó primero al hotel Las Cruces.

A la hora de entrevistarme con el recepcionista, me preguntó: «¿Qué año naciste?». Yo le dije que en 1991. Él dijo que no se creía que yo fuera mayor de edad, aunque tenía una credencial de elector. La chica que iba conmigo le rogó al bendito recepcionista, pero él no quiso, entonces ella se puso en contacto con otra muchacha. Le mandó un mensaje al celular. La otra chica estaba en el callejón de Santo Tomás, conocido como La Pasarela. 

INFO: MILENIO

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