Cinco lugares para cazadores de tormentas
noviembre 23, 2017
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Cinco lugares para cazadores de tormentas

El mercado del turismo cada vez es más complejo… e interesante. Lo que para muchos era terror, hoy se transforma en atracciones turísticas. Un ejemplo de ello son las tormentas. Pero no se asusten, tampoco se trata de jugar a ser reportero de desastres sólo hay que ser hedonista, estar equipado con GPS y comprar un boleto de avión para disfrutar de uno de estos cinco lugares para disfrutar del poder de la naturaleza.

Venezuela: Lago de Catatumbo

Se trata de un sitio en donde las tormentas eléctricas suceden ininterrumpidamente desde hace cientos de años. Incluso el primer escrito donde se menciona este fenómeno fue el poema épico La Dragontea de Lope de Vega, publicado en 1597, que narra la derrota del pirata inglés Francis Drake por el alcalde de Nombre de Dios, Diego Suárez de Amaya. Este fenómeno natural se puede ver en el norte de Venezuela sobre el Lago Maracaibo. Por más de 160 días al año se pueden admirar tormentas eléctricas de proporciones apocalípticas, con relámpagos continuos visibles a más de 400 kilómetros de distancia, formados por grandes nubes verticales que configuran arcos eléctricos de entre 2 y 10 kilómetros de altura.

En promedio el fenómeno sucede entre 140 y 160 noches cada año, con duración por día de hasta 10 horas y hasta 280 descargas cada hora. Incluso se cree que diversas autoridades venezolanas han buscado clasificar a este fenómeno como Patrimonio Natural de la Humanidad.

Tofino es un destino turístico muy popular entre los canadienses. Atrae a surfistas, campistas, observadores de ballenas y aficionados al relax. Sin embargo, es en el invierno cuando muchas personas lo visitan para presenciar las tormentas ciclónicas en el océano, haciendo de este espectáculo natural una de las atracciones estelares. Inclusive hay una serie de hoteles que ofrecen todo lo necesario para que el visitante sea testigo de esta grandioso fenómeno a todo lujo, como The Wickaninnish Inn, un resort flanqueado por una espesa vegetación de pinos con más de 500 años de edad y por el agresivo Océano Pacífico.

Wickaninnish cuenta con un grandioso y lujoso restaurante donde se puede ver, con una copa de vino tinto en mano, cómo las tormentas parecen fundir al cielo con el mar. Las habitaciones también tienen vista al enfurecido océano por lo que han sido equipadas con chimenea de gas y amenidades como catalejos, un par de impermeables y botas contra el agua.

Es un pequeños pueblo que forma parte de una reserva indígena que se caracteriza por vivir cerca del mar. Aquí, un robusto rompeolas protege del poder del mar al pueblo, así como a los barcos de pesca que aguardan navegar por el Pacífico.

Sin duda, este destino turístico no es para los que buscan unas vacaciones de sol pues los vientos fuertes y helados obligan a ser más un espectador que un bañista.

La playa se encuentra dentro de un parque natural de más de 30 mil hectáreas y está situada junto a la desembocadura de un río. Más arriba, los glaciares arrancan los grandes árboles durante el invierno y terminan lanzándolos río abajo, creando un cementerio de estos gigantes milenarios en la costa de la playa.

Pero no es todo. Otro atractivo de esta región es que forma parte del hogar de la tribu de los Quileute, pueblo que durante siglos han vivido en estos bosques y playas. Incluso eran conocidos por su destreza en la fabricación de embarcaciones. Con la madera de los  árboles eran capaces de construir desde pequeñas canoas hasta grandes barcazas para pescar ballenas, capaces de soportar una carga muy pesada. Hoy apenas quedan 700 miembros de la tribu.

Este es uno de los países donde los fuertes vientos crean un espectáculo singular en época de sequías. Se trata de las tormentas de arena, fenómeno natural que paraliza a ciudades y pueblos enteros, específicamente a su capital, Sydney.

Como si se tratara de una película apocalíptica, los frentes fríos arrastran toneladas de arena y polvo para cubrir hasta el último rincón de esta metrópoli, como la Ópera de Sydney y el Harbour Bridge, cuyos contornos lucen fantasmagóricos.

La mejor época –aunque suene irónico para los australianos debido a que las tormentas de arena paralizan la ciudad– es de septiembre a noviembre, cuando las corrientes de aire frío chocan con el calor, levantando una manta de polvo que puede extenderse a cientos de kilómetros a lo largo de la costa, desde el puerto de carbón de Newcastle al norte de Sydney, hasta  la ciudad de Wollongong en el sur, tal y como sucedió en el año 2009, cuando una tempestad levantó una gigantesca “ola roja” para cubrir a una serie de poblaciones australianas.

Es una playa ubicada a unos 100 kilómetros al norte de Lisboa, en Praia do Norte, sitio que fue famoso a nivel mundial en el año 2009 cuando el cazador de olas gigantes, Garrett McNamara, la presentó como “ola asesina”.

Para admirar este fenómeno natural no hace falta cazar la temporada de tormentas, ya que a las olas de hasta 30 metros de alto son comunes en esta playa. Esto se debe a que a pocos metros desemboca el Cañón de Nazaré, donde la plataforma continental europea tiene un hundimiento de 4,300 metros que se extienden por más de unos 210 kilómetros de largo, manteniendo la energía de las olas casi intacta hasta llegar a la costa.

Este sitio es como un descomunal embudo que amplifica la magnitud de la marejada, provocando que el agua circulante se transforme en un gigantesco chorro a presión, justo en frente de Praia do Norte. Vale la pena asistir en noviembre, justo cuando el surfer Garret McNamara descubrió esta ola. Por ello, es común que otros surfistas desafíen el poder del mar en esta época, rindiéndole tributo al deportista, reconocido como el más extremo y popular del planeta.

FUENTE: revistaforward.com.mx